Mi jornada laboral comienza antes de que el sol asome tímidamente sobre los montes que rodean Santiago. Llegar al parking del aeropuerto de Lavacolla es sumergirme en un ir y venir constante de vehículos, cada uno con una historia de viajes, despedidas o esperanzas. Aunque para muchos solo somos el lugar donde dejan su coche antes de volar, para mí, este espacio es un microcosmos de emociones y un engranaje fundamental en la maquinaria del aeropuerto.
Mi trabajo es variado y nunca monótono. Un día puedo estar dirigiendo el tráfico en las horas punta, asegurándome de que cada coche encuentre su sitio de la manera más eficiente posible. Otro día, me toca resolver dudas de viajeros despistados, explicarles el funcionamiento de las tarifas o ayudarles a localizar su vehículo a su regreso, a menudo después de un viaje largo y agotador. He aprendido a desarrollar una paciencia infinita y una sonrisa para cada situación, incluso cuando la frustración por un vuelo retrasado o la confusión por las diferentes zonas de aparcamiento hacen mella en el ánimo de la gente.
Una de las partes más gratificantes de mi trabajo es ser la primera y la última cara que ven muchos viajeros al llegar y salir de Santiago. Recuerdo la emoción palpable de una pareja que comenzaba su luna de miel, o el alivio en el rostro de un padre que regresaba a casa para abrazar a sus hijos. También he sido testigo de despedidas emotivas, con abrazos apretados y promesas de un pronto regreso. En esos momentos, siento que mi trabajo va más allá de simplemente gestionar coches; formo parte, de alguna manera, de esos momentos importantes en la vida de las personas.
Por supuesto, no todo es sencillo. Las horas punta pueden ser frenéticas, con coches entrando y saliendo sin parar, y la presión de mantener el flujo constante puede ser estresante. También hay que lidiar con los madrugones, el frío del invierno gallego y el calor sofocante del verano. Y, como en cualquier trabajo de atención al público, a veces toca lidiar con clientes impacientes o malhumorados. Pero incluso en esos momentos, intento mantener la calma y ofrecer la mejor solución posible.
La tecnología también juega un papel importante en nuestro día a día. Las máquinas de pago automático, los sistemas de reconocimiento de matrículas y las aplicaciones móviles han agilizado muchos procesos, pero siempre hay quien necesita ayuda o prefiere el trato personal. Es ahí donde nuestra labor se vuelve esencial, ofreciendo esa asistencia humana que la tecnología no puede reemplazar.
A lo largo del día, recorro las diferentes zonas del parking Santiago aeropuerto, asegurándome de que todo esté en orden, que no haya coches mal estacionados o incidentes. Conozco cada rincón, cada plaza libre y los pequeños atajos que facilitan el movimiento. He desarrollado un sentido casi intuitivo para saber dónde encontrar un coche perdido o cómo desatascar un atasco en las horas de mayor afluencia.
Trabajar en el parking del aeropuerto de Santiago me ha enseñado mucho sobre la naturaleza humana. He aprendido a leer entre líneas, a entender las necesidades de la gente y a ofrecer soluciones rápidas y eficaces. Aunque mi trabajo pueda parecer rutinario para algunos, para mí cada día es diferente, lleno de pequeñas historias y encuentros fugaces. Y, al final del día, cuando veo el último coche salir del parking y la calma vuelve a reinar, siento la satisfacción de haber contribuido a que el viaje de muchas personas comenzara o terminara de la mejor manera posible. Somos la puerta de entrada y salida de sueños y reencuentros, y eso, a su manera, es algo especial.