Con más de dos mil variedades disponibles, el queso es un ingrediente base en cualquier gastronomía, y su producción supera con mucho a la del café y el cacao. Hay recetas que perderían su identidad sin el queso. Así ocurre con el saganaki, el quiche, el icónico cheesecake o la mousse de queso ajo y finas hierbas. Por eso, los mozzarella, gouda, feta, roquefort, cabrales o cheddar son inseparable de algunos de los bocados más apreciados de la cocina internacional.
Con permiso de las mousses de chocolate y de frutas, la versión más popular de este postre francés es la elaborada con queso crema, de cabra y otras variedades frescas. Es un bocado ligero y elegante, fácil de maridar con platillos salados o dulces de diverso sabor. En busca de una mayor personalidad, pueden agregarse ingredientes al gusto, respetando siempre la textura suave y cremosa del mousse.
Las tartaletas de queso también dan buena cuenta de la polivalencia de este derivado lácteo. Se prepara con queso manchego, de tetilla, roquefort y otras variedades similares. Una vez más, desmarcarse de la receta original para explorar nuevos sabores es válido.
La cocina estadounidense hace un uso intensivo del queso, y el ‘buque insignia’ de su repostería, el pastel de queso o cheesecake, es un claro ejemplo. Entre sus ingredientes figuran, además de un queso suave (cottage, crema, requesón, etcétera), la nata, los huevos, las almendras, ciertas frutas y saborizantes como el chocolate o la mermelada.
Por su parte, el saganaki es un clásico de la gastronomía griega, que por otra parte no se explica sin el feta, el misithra, el kopanistí y otras variedades queseras. Esta especie de tapa mediterránea se prepara con huevos, harina de trigo, aceite de oliva y limón, además del citado feta. Otras recetas donde el queso es protagonista incluyen el suflé y el quiche.