Hay quien dice que la felicidad no se compra, pero es evidente que nunca han probado a comer pizza en Ferrol un viernes por la noche, en una pequeña pizzería llena de risas y aroma a masa recién horneada. El tiempo se detiene justo cuando te sirven esa pizza burbujeante, crujiente por fuera y perfectamente blanda por dentro; el queso parece derretirse solo ante tus ojos, entregándose sin reservas. Ya sea que busques romper la rutina o celebrar una victoria, hay una respuesta infalible en el menú: esa pizza que junta lo sencillo con lo sublime y sabe a abrazo italiano.
En una ciudad donde la brisa del Atlántico parece tener sal y mil historias, la costumbre de reunirse para compartir una pizza va más allá de la gula. Es todo un ritual casi ancestral, donde los ingredientes se escogen con devoción y los hornos se convierten en templos de aroma y sabor. Entre los vecinos y turistas que frecuentan las pizzerías locales, hay consenso en que la pizza perfecta es la que combina productos frescos, masa con fermentación pausada y, sobre todo, ese toque desinhibido de alegría que distingue a los buenos momentos. Incluso quienes defienden los platos locales parecen ceder cuando la primera porción llega a la mesa.
¿Te has preguntado alguna vez por qué al comer pizza en Ferrol la experiencia es diferente a simplemente cenar fuera? De entrada, la relación con la pizza aquí trasciende fronteras. Las tradiciones importadas desde Italia se mezclan con la hospitalidad gallega y el resultado es explosivo: una gastronomía que honra el gusto mediterráneo sin perder el toque local. Que nadie se sorprenda si el camarero te habla de las bondades de la mozzarella de búfala con el mismo entusiasmo con el que recomienda una empanada de zorza en una fiesta de San Juan; aquí, el acento es parte del atractivo.
Un dato curioso: quien nunca se ha visto frente a la dramática elección entre una caprichosa Margherita y una provocadora Diavola no conoce el arte de la indecisión trivial. Los más valientes incluso piden mitad y mitad, como si estuvieran negociando un tratado de paz entre dos potencias. Lo importante es que, en cada esquina de Ferrol, hay una nueva interpretación del clásico círculo de masa. Puede que el pizzaiolo te guiñe un ojo mientras incorpora un chorro de aceite de oliva o esparce orégano como si de una bendición se tratase. Y tú, por supuesto, fingiendo que solo comes una porción para guardar la compostura, aunque todos sabemos que una segunda (y hasta una tercera) podría llegar perfectamente.
A veces basta con cerrar los ojos y dejar que el perfume del tomate y el queso fresco te transporte. Puede que la melodía de una tarantela de fondo —más accidental que planeada— ayude a que tu viaje cosmopolito alcance la categoría de inolvidable. Entre mordisco y mordisco, los problemas parecen desinflarse. No hay discusión con más fundamento que si la piña tiene cabida sobre una pizza, pero incluso ese debate parece menos acalorado cuando el resto de ingredientes se derriten en un solo bocado.
Para los críticos de la pizza industrial, las pizzerías ferrolanas juegan en otra liga. La masa no sale de una bolsa, sino de manos que la amasan con paciencia; el tomate no se intuye, se saborea; el queso no es el periférico, es el protagonista principal. ¿El secreto? Una combinación de tradición y respeto por el producto, y alguna que otra superstición transmitida por generaciones. Puede ocurrir también que te recomienden acompañar la pizza con un vino de la tierra o con una cerveza artesanal local, y entonces la experiencia se vuelve casi mística.
Incluso cuando la meteorología gallega decide sorprender con una de esas lluvias que invitan a quedarse a cubierto, pocas excusas hay tan sólidas como refugiarse en una pizzería para transformar la tarde. Nada cura el espíritu como una conversación animada y el calor de un horno encendido, mientras observas la vida pasar por la ventana y te preguntas por qué no has decidido repetir este plan antes.
El atractivo especial de comer pizza en Ferrol reside en ese instante íntimo, casi teatral, en que la porción funde el rumor del Atlántico con el susurro italiano. Así, cada quien encuentra su motivo para volver una y otra vez: los unos buscan la nostalgia de una escapada a Nápoles, otros la risa compartida en buena compañía. Y están también los que, simplemente, desean descubrir cómo algo tan sencillo puede rozar la perfección al caer el sol sobre los tejados de la ciudad. Cuando terminas la última porción, suave pero decididamente, sabes que no será la última vez que te entregues a este placer que sabe a viaje, a encuentro y, sobre todo, a felicidad.